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¿Qué es?

CAMPAMENTO AUDIOVISUAL ITINERANTE

Es un espacio de formación, encuentro, producción, exhibición y desarrollo de proyectos audiovisuales realizado verano a verano en una comunidad distinta del estado de Oaxaca. Busca acompañar la formación de nuevos creadores audiovisuales, estimular la producción audiovisual en el país, apoyar la consolidación de espacios de exhibición audiovisual y abrir un espacio de diálogo entre el arte, el cine y la comunalidad.

Los participantes convivirán durante tres semanas, compartirán su conocimiento y cultura al tiempo que recibirán talleres de cine y clases magistrales de profesionales del reconocidos del medio nacional e internacionalmente. Además participarán en funciones de cine, conciertos, presentaciones de libros y actividades comunitarias.

La pantalla como un espejo

Imaginarse en la pantalla, tomar una cámara, reunir a una comunidad para contar una historia, son los pasos del proceso de representación. El cine comunitario busca ser un arte de lo cotidiano, una acción necesaria, como verse al espejo, como preguntarnos quiénes somos y cuáles son nuestros deseos.

Cuando empezamos el proyecto del Campamento Itinerante Audiovisual en 2011, teníamos el interés y el compromiso de contar otro tipo de historias, esas que no estaban ni en la pantalla grande ni en la chica. En los últimos siete años, las pantallas se han multiplicado, las plataformas, las redes, el flujo ininterrumpido de visualidades se ha complejizado y ha cambiado la relación entre los creadores y los espectadores.

Sacudirse el tufo del cine-de-autor

Contar desde el punto de vista del autor-individualista es una carga pesada, un andar angustiante, enfrascado en una dinámica romántica del artista ególatra, ensimismado y atormentado. En México ese arquetipo se le asigna de facto a los realizadores en escuelas, festivales, muestras y hasta en la escueta industria. Pero cuando logramos romper ese cascarón, el quehacer cinematográfico revela una de sus grandes virtudes: la belleza de la creación colectiva.

En mi comunidad, la fiesta es el motor del ciclo anual y se trabaja todo el año para llevarla a cabo. Ser parte de la comisión de la fiesta del pueblo es una responsabilidad enorme; después de muchos meses de esfuerzo y trabajo la comunidad entera celebra la vida y vuelve a comenzar el ciclo. No existe algo así como la fiesta-de-autor.

Cuando hacemos cine comunitario, creamos una fiesta llena de vida, complicaciones de producción, luchas interminables por los recursos, grandes y pequeñas preguntas narrativas, desafíos estéticos, un conjunto enorme de esfuerzos directos e indirectos para lograr su realización; pero estas tareas se hacen siempre en equipo, para el goce y disfrute de la colectividad. Esa gran diferencia hace que el cine comunitario tenga no sólo un resultado, sino todo un proceso distinto al del cine de autor o al cine comercial. Hacemos cine con y para la comunidad. Llámese comunidad-pueblo, comunidad-barrio de ciudad, comunidad de amigas o amigos, comunidad escolar, comunidad-red social o cualquier otra expresión de existencia comunal.

El proceso de creación colectiva no es fácil, es todo un reto generar acuerdos, pero éste siempre es enriquecedor si se permite la escucha atenta y la participación.

¿Quién decide en el cine comunitario?

En mi comunidad la máxima autoridad es la asamblea de ciudadanos; en una creación colectiva la máxima autoridad es la asamblea de creativos. En el cine comunitario nos organizamos a través de procesos que permiten generar consensos colectivos; ponerse de acuerdo implica hacer presentes las diferencias y asimilar la diversidad de opiniones, argumentar y mediar para lograr decisiones narrativas y estéticas. De esta manera designamos funciones y se resuelven las necesidades prácticas del proyecto.

Bajo este formato de organización, se acabaron los días del tirano; la autoridad colectiva decide quién será la directora o director. Nada más retador y necesario para la construcción de otras narrativas e historias.

Experimentación y Aprendizaje

Cuando surgió el CAI en 2011, sabíamos intuitivamente que queríamos resolver las cosas de manera distinta, contar historias de manera diferente. Poco a poco hemos ido descubriendo los retos que tiene el cine comunitario y también su poder intrínseco. Cuando las comunidades nos reconocemos en la pantalla, comienza un diálogo horizontal, pero también sucede esa magia del cine que permite generar empatía con otras formas de ser y entender el mundo: el cine comunitario se convierte entonces en una herramienta para resignificar el presente y reimaginar nuestro futuro.

Cada año, cada grupo desarrolla conflictos particulares, y parto desde el conflicto por qué es en esta montaña rusa de emociones que el CAI tiene su proceso de aprendizaje, uno muy emocionante e intenso. Al llegar no se conocen, pero perciben semejanzas que los unen de manera íntima, al contar sus historias y organizar cada cortometraje se van desatando las diferencias políticas, estéticas, organizativas, y es aquí donde el reto comienza, cómo resolver estas minucias de conflictos, algunos que pueden ser detalles de entonación de trato, o de forma, se convierten en las crisis que permiten a cada participante poner a prueba su capacidad de construir en colectivo, aprendiendo a ceder y a contagiarse de las ideas de otros. Este ejercicio emocional de permitirse ceder y no hacer lo que uno se ha imaginado, contaminarse con las ideas de los otrxs, cada año se configuran de maneras impensables, después del rodaje, cansados, con las frustraciones que el rodaje siempre presenta, se regresa a la mesa de edición donde se tiene que cocinar en muy pocas horas con los ingredientes que hay. A veces los roces del rodaje si disuelven con la magia de la edición, a veces se acentúan, pero el proceso de aprendizaje continua, al finalizar el CAI vuelven a trabajar juntos como grupo y en un trabajo en común de menor tiempo vuelven a crearse empatías para resolver las tareas y al final la fiesta, el festejo del trabajo, se exhibe lo realizado, se disfruta de lo que se ha hecho. Cada generación trae consigo sus propios avatares y el reto de generar consensos nunca será fácil, pero al final la satisfacción del trabajo es colectiva y el reconocimiento también. Buscamos llevar a la pantalla historia urgentes y necesarias, cine que nos represente, cuestionar los discursos hegemónicos, sacudirnos las imposiciones estéticas y escapar de las prisiones narrativas. El CAI sucede durante tres semanas cada año, pero la reflexión que desata permanece como una avalancha de preguntas, que a su vez traen más preguntas, como una grieta en un muro que abre la imaginación a otros cines posibles, como una comunidad que resiste a través de estrategias de comunalidad, organización y solidaridad.